Durante estos días, tanto en nuestra reunión dominical como en nuestro grupo, he estado hablando de lo que muchos piensan que es la iglesia, pero que en realidad no lo es. He hablado desde la forma de hacer iglesia, las costumbres y las enseñanzas, hasta las expectativas que tenemos frente a lo que la Biblia dice que es en realidad ser y hacer iglesia.
Creo que necesitamos ir nuevamente a la esencia de la Palabra y estudiar lo que la iglesia era originalmente; ver cómo funcionaba y, de alguna manera, volver a esa raíz. No estoy diciendo que toda la iglesia actual esté mal, ni tampoco que nosotros hagamos todo perfecto y bíblico, porque no es así. La iglesia ha pasado por siglos de evolución: algunas cosas llegaron para quedarse, pero otras nunca debieron permitirse. Y aunque la época actual nos exige actualizarnos, no podemos seguir perdiendo la esencia.
La iglesia es un organismo, no una organización. Debería crecer y avanzar de forma natural y saludable, y no de una manera tan estructurada que mate su esencia y la limite a reglas o métodos. Porque cuando hacemos de la iglesia —que nació de forma sencilla en sus primeros años— un lugar complejo, vivir la vida cristiana se vuelve pesado. Se convierte en una carga, al grado que muchos están más por compromiso que por devoción. Esto lo podemos ver reflejado en tres síntomas que nos indican que la iglesia ha perdido su esencia:
1. El síntoma del fastidio (La pérdida del asombro)
«Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto! y me despreciáis, dice Jehová de los ejércitos; y trajisteis lo hurtado, o cojo, o enfermo, y presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano? dice Jehová». (Malaquías 1:13)
El primer síntoma de que hemos cambiado la esencia por una organización pesada es cuando la adoración y el servicio dejan de ser un honor y se convierten en una carga. En el tiempo de Malaquías el pueblo no había dejado de ir al templo, pero su corazón estaba agotado. Ya no veían el altar como un lugar de encuentro, sino como una rutina que "tenían" que cumplir.
Esa es la rutina peligrosa en la que no quisiera que nadie cayera. Mi pregunta para ustedes hoy es: ¿Qué siente el domingo por la cuando sabe que por la tarde habrá reunión? La respuesta puede decirnos qué tan profunda es su devoción a Dios o qué tan distante se encuentra. Yo amo venir a la iglesia; es mi lugar seguro. Por supuesto, hay días malos, pero eso no quita que sea mi lugar favorito. Cuando nuestro corazón siente "fastidio", despreciamos lo sagrado porque lo sentimos como una obligación aburrida.
Al intentar que la iglesia sea algo "agradable" por métodos humanos, terminamos cansando a las personas. Si nos enfocamos solo en lo que quiere la gente para atraerlos, luego tenemos que aumentar la dosis para que no se aburran. El "fastidio" es el resultado de una iglesia que perdió su orden y su simplicidad.
2. El síntoma de la apatía (La entrega de sobras)
El segundo síntoma es que nuestro servicio se vuelve vacío y se convierte en una ofensa para Dios. En Malaquías 1:10, Dios dice algo que debería hacernos temblar: «¡Cómo quisiera que alguno de ustedes cerrara las puertas del Templo, para que no encendieran en vano el fuego de mi altar!».
¿Pueden imaginar esto? Dios prefiere que no haya cultos ni reuniones antes que recibir algo que se hace por puro compromiso. En aquel tiempo, traían animales enfermos; hoy, el equivalente es traer un corazón que no quiere estar ahí o que viene solo para que "lo vean". Pablo decía que algunas reuniones traen más perjuicio que beneficio (1 Corintios 11:17).
Esto nos obliga a preguntarnos: ¿Qué opina Dios de nuestro servicio? No se trata de si a mí "me gustó" el servicio o la música. Se trata de la actitud del corazón. El peligro es creer que todo está bien cuando solo ofrecemos sobras. El insulto no es que el servicio sea sencillo, el insulto es decirle a Dios "esto es para ti" cuando le damos lo que nos sobra de tiempo y ganas. La apatía es cuando nos da igual si Dios se manifiesta o no, mientras el servicio salga "bien" y a tiempo. No digo que no debamos mejorar o estudiar para prepararnos, pero de nada sirve si al final lo hacemos de mala gana.
3. El síntoma de la dependencia visual (El falso remedio)
Esto sucede porque la iglesia, muchas veces, se ha vuelto un producto comercial. Miramos a una iglesia con mucha gente y queremos copiar su modelo visual, pensando que así tendremos los mismos resultados. Pero no se trata de lo que la gente ve, sino de lo que vive. Cuando notamos que hay aburrimiento, en lugar de volver a Dios, intentamos "animar" el servicio con creatividad, mejores escenarios o música más movida.
El problema es que nos volvemos esclavos del entretenimiento. Si atraes a la gente con cosas visuales, tendrás que darles un espectáculo más grande siempre para que no se aburran. Creemos que si el servicio fue "dinámico", fue un éxito, aunque nadie haya tenido un encuentro real con Dios.
El remedio no es echarle más ganas al "show", sino volver al orden que Dios dejó. La iglesia primitiva perseveraba en cosas sencillas: la enseñanza, la comunión, el pan y la oración. No necesitamos "ayudarle" a Dios a ser atractivo. Su Palabra es viva por sí misma. La cura para el aburrimiento no es más entretenimiento, es más entrega. Esto no significa que no nos esforcemos en mejorar, sino que entendamos que la presencia de Dios no depende de lo externo, sino de la actitud con la que nos entregamos.
Antes de terminar, miremos hacia adentro: ¿Estamos aquí hoy para ser entretenidos por un sistema, o para ser transformados por un Dios vivo?
La iglesia no es un sistema de reglas ni un show de domingo. Es un organismo vivo. Hoy vimos tres síntomas claros: el fastidio de la rutina, la apatía de dar las sobras y la dependencia visual de querer tapar el vacío con animación.
Si te has sentido aburrido o si vienes por carga, hoy es el día de volver a la esencia. El aburrimiento espiritual no se cura con un mejor programa, se cura con un corazón que reconoce la Majestad de Dios. No busquemos ser una organización perfecta, busquemos ser un cuerpo vivo. Preocupémonos por entregar lo mejor de nosotros a Aquel que lo dio todo. Volvamos a lo sencillo: a Su Palabra, a la oración, y a una entrega que no sabe de aburrimiento porque conoce a su Rey.







No hay comentarios:
coméntanos si te ha sido de utilidad esta publicación,