El misterio de Cristo y su Iglesia
Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. 1 Corintios 12.21
Últimamente no he podido evitar hablar de lo incómodo que se me está haciendo el comportamiento de los cristianos en el mundo; la forma en la que se expresan unos de otros. Parece que la meta de algunos ya no es hablar de Cristo, sino hablar de otros cristianos.
Siempre recuerdo una escena de Jurassic Park en la que están John Hammond, el abogado y los especialistas contratados (el doctor Grant, la doctora Sattler y Malcolm). Están hablando emocionados de lo increíble que será como atracción y de los costos; entonces, Ian Malcolm dice:
“La falta de humildad ante la naturaleza que se muestran aquí... me asombra”.
Porque están tratando ese tema con una falta de consciencia sobre la magnitud de lo que tienen entre manos.
Es esa misma sensación la que tengo ante la actitud que las personas están teniendo hacia los temas de la Iglesia. El problema es que, hoy en día, el acceso a internet ha hecho que cualquiera se sienta experto y con libertad de criticar sin detenerse a pensar en lo que va a decir; todos son expertos en teología. También está el problema del consumismo y las calificaciones: hoy todo se puede calificar. Calificamos la compra que hicimos, calificamos el servicio en algún comercio, calificamos todo, y nos sentimos con el derecho de calificar a las iglesias como si fueran un producto que nos gusta o no nos gusta. Sucede lo que dijo Ian Malcolm: hay una gran falta de humildad ante las cosas de Dios que hoy me tiene asombrado, por no decir incómodo.
Esto no lo digo por los que no son creyentes, pues es normal que juzguen lo que no entienden; como dijo Pablo: “las cosas del Espíritu son locura”. Lo digo más por quienes se supone deberían tener mayor respeto o cuidado al hablar: aquellos que se supone entienden las cosas de la Iglesia.
Hemos desarrollado una cultura donde nos sentimos con el derecho de criticar el Cuerpo de Cristo como si fuéramos clientes evaluando un restaurante, olvidando que estamos hablando de la posesión amada de Dios. Al igual que en la mesa de Jurassic Park, nos hace falta recuperar esa humildad que reconoce que no somos los dueños, sino simples administradores de algo que nos supera completamente.
Es por eso que he titulado esta serie La Novia, porque creo que es necesario que la iglesia hoy se preocupe más sobre cómo está actuando ella, que en cómo están comportándose los de afuera. Nos indigna la paja del ojo ajeno, pero no estamos viendo la viga en el ojo nuestro.
Para entender por qué nos hemos convertido en críticos, necesitamos analizar tres cosas vitales que hoy le están faltando a la Iglesia
La falta de consciencia ante lo Sagrado
Cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió su mano al arca de Dios, y la sostuvo; porque los bueyes tropezaban. 7 Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió allí Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al arca de Dios. 2 Samuel 6:6-7
Creo que hoy en día existe una línea muy delgada entre la libertad y el sacrilegio. Es decir, no podemos ser una iglesia legalista que condena cualquier cosa que no sea de nuestro agrado, pero tampoco podemos vivir con el pensamiento de que podemos hacer lo que queramos, perdiendo la consciencia de las cosas que para Dios son exclusivas y del respeto que les debemos.
Lo sagrado es como el fuego: te sirve para que un día con frío puedas calentarte y puede darte un momento muy agradable; pero si no le tienes respeto, si te acercas a él y juegas con él como si fuera un juguete, puedes terminar herido o algo peor.
Muchas veces he pensado en historias de la Biblia que me parecen muy fuertes, como la de Uza. Él iba transportando el Arca del Pacto y, cuando vio que se iba a caer, intentó sostenerla y murió al instante. Y uno se pregunta: “¿Por qué? ¿Qué hizo mal ese hombre?”. Al final, su intención era buena. El problema es que muchas veces justificamos nuestras "buenas intenciones" pensando que Dios no debería molestarse, pero lo que pasa es que no estamos tomando consciencia real de lo que tenemos frente a nosotros.
A Uza le pasó lo que nos pasa a muchos hoy: la familiaridad le robó el asombro. Él había crecido con el Arca en su casa; se acostumbró tanto a la presencia de Dios que se le hizo algo común, algo que él podía "ayudar" o manipular. Estamos siendo muy ligeros con cosas que Dios espera que tengamos en el más alto valor.
Pero quizás pienses: “Bueno, eso era el Antiguo Testamento, hoy estamos bajo la Gracia”. Pero, ¿entonces qué me dicen de Ananías y Safira? Ellos no murieron por una ley antigua, murieron en pleno tiempo de la Gracia por intentar engañar al Espíritu Santo, tratando a la Iglesia como si fuera un negocio donde podían mentir para ganar estatus.
Creo que la iglesia ha perdido la consciencia de lo que significa estar en la presencia de Dios. Y no me malinterpreten: no estoy hablando de reglas que los hombres inventan por gusto, sino del respeto por lo que es de Dios. Insisto, es una línea delgada entre quien quiere hablarle a Dios como si fuera cualquier persona y quien entiende que Él es el Rey del universo.
No quiero que se intimide pensando que cualquier error lo va a aniquilar —si fuera así, ya nadie existiría—, pero sí que la próxima vez que estemos frente a un tema sagrado, seamos responsables en lo que decimos o pensamos. Más que nuestras acciones externas, es la actitud de nuestro corazón la que nos debe preocupar. No somos los expertos calificando la atracción; somos invitados a un misterio que nos supera.
La falta de humildad ante el Cuerpo de Cristo
María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado, porque él había tomado por mujer a una cusita. Números 12.1
Si ya entendimos que hay cosas que son exclusivas y especiales para Dios, tenemos que comprender que lo más sagrado que Él tiene en la tierra es Su Iglesia. El problema es que, como mencioné antes, hemos desarrollado una cultura donde nos sentimos con el derecho de criticar al Cuerpo de Cristo como si fuéramos clientes evaluando un restaurante, olvidando que estamos hablando de la posesión amada de Dios.
Piensen por un momento en la historia de Moisés y sus hermanos: a Dios no le agradó que ellos hablaran mal de él. Supongamos que tenían razón y que no era correcto que Moisés tomara una mujer cusita; aun así, eso no les daba el derecho de cuestionar el lugar donde Dios lo había puesto. La Biblia dice en Números 12:8: “¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?”. Noten que Dios no les pregunta si tenían razón o no, les pregunta por qué no tuvieron temor.
A veces citamos el Salmo 105:15: “No toquéis a mis ungidos”, y aquí me vienen dos pensamientos que quiero que meditemos:
Primero, esto no significa que los líderes sean literalmente "intocables" o que estén blindados ante cualquier situación; ya que muchos hombres de Dios sufrieron por su causa.
Y segundo, no digo esto para exigir respeto hacia mi persona. No quiero ponerme en el papel del "hombre intocable de Dios" diciendo: “¡Cuidadito con hablar mal de mí!”. Precisamente estoy hablando de la falta de humildad, y decir algo así me sacaría completamente de ese lugar de humildad.
Lo digo porque hoy a la gente se le hace fácil hablar sin pensar ni temer, sin respeto alguno. Muchos cristianos se sienten "expertos" con derecho a juzgar a un hermano o a un líder desde su teléfono, sin detenerse a pensar que están tocando algo que no les pertenece.
Pablo explica en Efesios 5:32 que esto es un "gran misterio": Cristo y la Iglesia son uno solo. Es como lo que hemos dicho: no puedes decirle a alguien que lo aprecias y que eres su amigo si te pasas el día criticando a su esposa o golpeando su cuerpo. Es imposible amar a Jesús y despreciar a Su Novia. No puedes decir que amas a la Cabeza, que es Cristo, y despreciar al Cuerpo, que es Su Iglesia.
Dios es extremadamente celoso con Su Novia. El texto bíblico es claro: “Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él”. Y ese templo no es un edificio de ladrillos; eres tú, soy yo y es —aunque no lo quieras— ese hermano que te cae mal. Cada vez que lanzamos una crítica destructiva, un juicio ligero por redes sociales o una burla, es como si estuviéramos golpeando el cuerpo de Jesús.
Lo que me asombra es la ligereza con la que opinamos. Creemos que nuestra "viga" es simplemente una "opinión sincera", pero para Dios es un ataque a Su propio cuerpo. Nos hace falta la humildad para reconocer que no somos los jueces de la obra de Dios, sino piedras pequeñas que forman parte de ella. Antes de abrir la boca para calificar el "servicio" de una congregación o la falla de un líder, deberíamos temblar al recordar quién es el Dueño de esa persona.
La pregunta no es si la Novia tiene manchas; la pregunta es: ¿quién eres tú para golpear a la Novia en la cara por sus manchas, si Cristo dio Su vida para limpiarla?
La falta de visión ante nuestra propia condición
¿A qué nos lleva todo esto? Todo esto nos conduce a un problema de visión. El consumismo nos ha robado la capacidad de ver lo que realmente está pasando cuando nos reunimos como Iglesia. Como mencioné al principio, hoy en día calificamos todo: calificamos la compra que pedimos por una app, calificamos el servicio del hotel, calificamos el video que vemos en YouTube. Y sin darnos cuenta, hemos traído esa misma mentalidad a la casa de Dios.
Nos hemos convertido en cristianos consumidores. Estamos viendo la iglesia como algo que podemos calificar; opinamos: "me gustó", "no me gustó el servicio", "me gustó la prédica", "no me gustó el lugar". No quiero decir que la iglesia no deba esforzarse por tener excelencia, sino que nosotros no deberíamos depender de lo que un servicio ofrece para tener un encuentro con Dios.
Llegamos con una lista de expectativas: "que la música me guste", "que el mensaje me entretenga", "que me saluden como yo quiero". Y si algo de eso falla, nos sentimos con el derecho de calificar negativamente a la Iglesia, como si fuera un producto que no cumplió nuestras exigencias. Literalmente decimos: "Pésimo servicio".
El problema de ser un consumidor es que siempre está enfocado en lo que recibe, pero el discípulo está enfocado en lo que es. Quienes servimos sabemos los esfuerzos que hay detrás y el amor que se le dedica; por eso valoramos cuando algo, aunque no sea perfecto, se hace con amor. Pero quien es consumidor llega siempre con el papel de un crítico.
Como dice Ego en la película Ratatouille:
"La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos. Arriesgamos poco y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su persona a nuestro juicio. Prosperamos con la crítica negativa, que es divertida de escribir y de leer. Pero la amarga verdad es que, en el gran orden de las cosas, cualquier producto mediocre tiene más sentido que la crítica que lo condena".
Cuando nos ponemos en modo "cliente", perdemos de vista nuestra propia viga. Nos quejamos de que "la iglesia está fría", pero no nos preguntamos: si yo estoy lleno del Espíritu, ¿por qué no lo transmito o por qué no lo siento aquí? Decimos que "no hay amor en la congregación", pero nosotros no estamos amando a nadie. Estamos tan ocupados evaluando el "espectáculo" que olvidamos que nosotros no somos el público; el público es Dios.
Si recuperamos la visión de quiénes somos —como dijo Pablo: simples administradores de un misterio que nos supera—, dejaríamos de quejarnos por las luces o el sonido. Si entendiéramos que somos parte de La Novia, estaríamos más preocupados por limpiar nuestras propias manchas que por señalar las de los demás.
Dejemos de ser críticos de cine sentados en la butaca de la iglesia y empecemos a ser piedras vivas. La próxima vez que sientas la tentación de calificar tu experiencia, detente y pregúntate: “¿Vine hoy a ser servido como un cliente, o vine a rendirme ante el Misterio de Cristo y Su Iglesia?”
Hoy el mundo nos invita a ser jueces, pero Cristo nos llamó a ser testigos. Nos invita a calificar, pero Dios nos llama a servir. Hemos pasado mucho tiempo mirando las manchas en el vestido de La Novia, olvidando que nosotros somos la misma novia. .
Recuperemos la humildad. Que nuestra meta deje de ser "analizar" a los demás para empezar a analizar nuestro propio corazón. No somos los dueños, no somos los críticos y no somos los clientes. Somos administradores de un misterio glorioso.
Dejemos de actuar como si Dios nos debiera un espectáculo y empecemos a vivir como quienes saben que le debemos la vida. Que la próxima vez que crucemos la puerta de nuestro lugar de reunión, no busquemos qué recibir, sino a quién adorar. Porque al final, el único que tiene el derecho de calificar a la Iglesia es Aquel que murió por ella.







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