Promesas a Dios

Creo que muchos de nosotros hemos hecho promesas a Dios en algún momento difícil de nuestra vida. Cuando nos sentimos acorralados, desesperados, sin salida. En esos momentos prometemos.

Algunas de esas promesas se han cumplido… y otras no.

Como aquel hombre que iba desesperado por llegar a tiempo a su trabajo y no encontraba estacionamiento. Entonces dijo:

“Dios, si me ayudas a encontrar un lugar para estacionarme, te prometo que voy a cambiar: dejaré de beber y ya no diré groserías”.

En ese mismo instante se abre un espacio justo frente a él.

Y entonces dijo:

“Señor… ya olvídalo. Ya encontré lugar”.

Pero volviendo al tema creo que hay momentos en la vida en los que el ser humano hace promesas no porque precisamente porque se siente vulnerable. Cuando todo parece estar fuera de control, cuando hay incertidumbre, es cuando surge esa necesidad profunda de decir: “Si salgo de esta, voy a…. ”, “si esto se resuelve, haré…”. Es una reacción del corazón que busca encontrar sentido, auxilio, esperanza. 

Recuerdo que cuando iba a la secundaria yo no era cristiano. No sabía mucho de la iglesia ni de Dios, mucho menos sabía cómo orar. Pero sí recuerdo haberme metido en un problema serio como muchos en los que me metí en secundaria. Ese día, desde la ignorancia y la urgencia, hice una oración. Le prometí a Dios algo, no recuerdo con exactitud si fue buscarle o portarme bien, pero lo hice con sinceridad. No fue una oración muy espiritual, más bien fue un grito interior de auxilio. 

Con el tiempo en ocasiones he pensado en eso. No en la promesa en sí, sino en el hecho de que alguien como yo, sin conocimiento, sin teología, sin bases cristianas más que lo poco que escuché cuando visitaba a mis abuelos, ese día le pedí a Dios casi de manera instintiva. Y creo que Dios escuchó. Porque bueno aquí estoy.

Tal vez las promesas nacen así, en ese punto donde el ser humano reconoce que no puede solo. Y quizá lo importante no es tanto lo que prometemos, sino lo que ese momento está mostrando: nuestra necesidad de ser escuchados, sostenidos, acompañados. Porque a veces, esa puede ser nuestra oración más sincera y del alma que hemos hecho a Dios.

Lo que me lleva al primer punto 

1. La crisis rompe la oración mecánica


Siempre he pensado que el hombre debe aprender a orar de forma natural, la oración es hablar con Dios. Pero muchas veces la comunicación con Dios se pierde en mecanismo, fórmulas, moldes, es decir hay muchas oraciones correctas, bíblicas, bien dichas, pero no siempre son las más honestas.


Jesús mismo confrontó eso:


 “Este pueblo de labios me honra,

pero su corazón está lejos de mí.” (Mt 15:8)


Sin embargo creo que en la crisis ya no hay fórmulas. hay llanto, hay miedo, hay urgencia, hay verdad. Y creo que muchas veces una oración así es profunda, sale del alma


Por ejemplo la Biblia está llena de oraciones nacidas del dolor


Cómo la oración de Ana, ella no oró bonito. No hizo una oración estructurads .Oró desde el dolor del alma.


 “Con amargura de alma oró… y lloró abundantemente.” (1 S 1:10)


Tal vez no son las mejores oraciones pero si son más más profundas, las que salen del alma. 


Y es que si miramos por ejemplo a David en algunos salmos contienen promesas que hizo, en los que se pueden llamar salmos de angustia. 


“Desde el fondo clamo a ti, oh Jehová.” (Sal 130:1)


Pero aquí hay algo clave. Dios no rechaza oraciones imperfectas pero sinceras.


 “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón.” (Sal 34:18)


En cambio en ocasiones confrontó las oraciones “perfectas” pero vacías.



2. Necesitamos saber prometer 


Cómo ya mencioné el deseo de prometer no es malo. En la Biblia vemos que el voto y la promesa tenían un lugar especial delante de Dios. De hecho había leyes que regulaban los votos, porque eran parte de la vida creyente, como los nazareos. Así que el problema nobñ es el voto en sí, sino el corazón humano y su dificultad para dar seguimiento a lo que promete.


El hombre quiere comprometerse. Quiere decir: “Heme aquí”, “esto te voy a dar”, “esto voy a hacer”. Es un acto muy natural del hombre creyente. Ese deseo de prometer nace muchas veces viene de la gratitud, del dolor, de la necesidad o del amor. Pero el problema no es prometer sino después cuando llega el tiempo de cumplir.


David entendió esto. Por eso dijo:


SALMOS 66:13-14

 Entraré en tu casa con holocaustos; Te pagaré mis votos, Que pronunciaron mis labios Y habló mi boca, cuando estaba angustiado.


La oración de David es una oración de compromiso consciente. David sabía que prometer implicaba responsabilidad, y que cumplir era un acto de adoración.


Y es aquí donde debemos detenernos: no todo lo que deseamos prometer tenemos el poder de cumplirlo. Hay personas que prometen más de lo que pueden, y luego viven cargadas de culpa, frustración o incluso desgaste espiritual, porque no supieron evaluar el peso de su propio compromiso.


Otro ejemplo poderoso es Ana. Ella prometió lo más valioso que podría llegar a tener. su hijo. Y cuando llegó el tiempo de cumplir, no se echó para atrás. Pudo haber dicho: “Está muy pequeño”, “ya me encariñé”, “esperaré un poco más”. Pero no lo hizo. Ana tuvo el carácter para cumplir lo que había prometido, aunque eso le doliera. Entregó a Samuel porque entendía el compromiso. Entendía que una promesa a Dios no se puede negociar después.


Esto me lleva a pensar que prometer requiere discernimiento, pero cumplir requiere carácter.


No se trata de vivir sin compromisos, porque eso nos volvería indiferentes al reino y espiritualmente pasivos. El reino de Dios depende de gente comprometida con Dios. Gente que ha prometido y ha cumplido. Pero tampoco se trata de prometer sin pensar. Necesitamos madurez espiritual para aprender a decir:

“Esto sí puedo prometerlo y esto no”.


Hoy quiero que entienda que Dios no busca muchas promesas, busca fidelidad . A veces, una promesa pequeña cumplida agrada más a Dios que una promesa grande olvidada en el proceso.


Pues también la biblia advierte el error de prometer y después no cumplir.


Lo que nos lleva a lo siguiente 


3. Pasos para hacer una promesa delante de Dios


1. Examinar tu corazón


Antes de prometer, la Biblia nos llama a detenernos. “Escudriñemos nuestros caminos.” (Lm 3:40)


No sé trata de preguntarnos ¿Qué quiero que Dios haga por mí? sino: ¿Por qué quiero prometer? Debemos aprender a reconocer la intención del corazón. 


Una promesa a Dios no debe venir del miedo, la culpa, menos de la manipulación, sino de un deseo genuino de honrar a Dios.


Una promesa nacida de la motivación equivocada puede morir cuando pasa la emoción. 



2. Recordar que Dios no necesita la promesa


 “Si yo tuviera hambre, no te lo diría.” (Sal 50:12)


La promesa no es para cambiar a Dios.

Sino para cambiarnos a nosotros mismos. No es un intercambio, es una respuesta voluntaria.


3. Medir con honestidad


Este paso es clave y muchas veces lo ignoramos. 


“Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas.” (Ec 5:5)


Jesús mismo nos enseñó sobre el costo antes de construir.


 “¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo?” (Lc 14:28)


Muchos se frustran porque no cumplen, pero eso pasa cuando no mides tu promesa. Cuando prometes más de lo que puedes cumplir no es fe, es imprudencia espiritual.


4. Definir la promesa con claridad


Las promesas vagas generan frustración.


No es lo mismo decir:


“Voy a cambiar” que decir: “Voy a ordenar mi tiempo, mi carácter y mis hábitos”. O Decir “ voy a servir” que decir “voy a servir en” 



Ana fue clara al decir que iba a hacer.

“Si me das un hijo, lo dedicaré todos los días de su vida”.


La claridad protege el compromiso. La gente después se excusa diciendo pero no dije quando o cuánto. 



5. Entender que cumplir formará carácter


Cumplir una promesa no siempre es cómodo, pero forma nuestro carácter y nos da madurez.


“Pagaré mis votos al Señor.” (Sal 116:14)


Ana cumplió aunque doliera.

David cumplía aunque implicara sacrificio.


Dios usa el cumplimiento para madurar el corazón, pagar no debe ser frustrante debe ser gratificante aunque cueste. Pero tienes las paz de haber cumplido.



6. Aceptar que habrá lucha


Prometer no elimina la debilidad humana. Abran obstáculos y pruebas en el camino. 


“El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.” (Mt 26:41)


Por eso cumplir no es perfección, es perseverancia, es compromiso, es madurez.



7. Si fallas, vuelve a Dios con humildad


No estás exento de fallar. A veces habrá circunstancias fuera de nuestro control y pueden complicar las cosas. Pero recuerda. 


> “El Señor es misericordioso y clemente.”

 (Sal 103:8)


El fracaso no significa el fin, significa que estás aprendiendo. Y que puedes hacerlo mejor. Si lo vuelves a intentar. 




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