Encuentro



Encuentro

Antes de que existieran los templos, las personas edificaban altares. Creo que esto fue porque los hombres, desde siempre, han necesitado formas visibles que hagan presente su fe. Dios es invisible, y por eso los hombres han necesitado algo visible; no necesariamente algo que adorar, sino algo que les recuerde su fe. A las personas les gusta tener algo que les recuerde en qué creen.

El problema surge cuando ese “algo” se vuelve prioridad y se vuelve indispensable para creer, cuando en realidad solo es una figura visual y no un requisito de salvación. Pero bueno, ese es otro tema.

El punto es que los hombres necesitan ver algo que les recuerde su fe, algo que les diga: “Aquí te encontraste con Dios”, como Jacob con su piedra. En realidad, los altares no existían porque Dios los necesitara, sino porque el hombre los necesitaba. De hecho, Dios ni siquiera necesita templos, pero el hombre necesita algo que le recuerde que puede encontrarse con Él.

Una figura visual predica constantemente, aun sin palabras. Antiguamente Dios decía: “Si sus hijos preguntan, les dirán…”. Es decir, eran recordatorios. Creo que muchos necesitamos figuras así en casa: Biblias visibles, versículos, algo que funcione como recordatorio. Algo que de vez en cuando nuestros hijos vean y recuerden, o que incluso nos hagan recordar a nosotros.

También un altar servía como un lugar donde Dios había obrado y como un recordatorio de que Dios lo volvería a hacer. Y lo más especial es que normalmente eran solo piedras: algo común se convertía en algo significativo, en una historia, en una memoria.

Si hay algo que debemos aprender, es a dejar memorias, porque el día que ya no estemos, algo hará recordar nuestras palabras. Me encanta Dios porque es como un maestro: nos enseña a través de imágenes, como a niños pequeños. Una cosa es lo que podemos escuchar, pero otra, aún más fuerte, es lo que recordamos. Y todo esto desde el principio preparaba a los hombres para la escena del más grande altar que se levantaría: aquel en el que el Hijo de Dios sería crucificado.

Es por eso que este mes te invito a buscar algo significativo que sea un recordatorio visual este año de la promesa de Dios para tu vida. Muchas veces los altares estuvieron ligados a encuentros con Dios donde hubo promesas. Una historia que encuentro muy valiosa es cuando Dios habló a Salomón. 

I. Escucha la voz de Dios.

“Mas Salomón amó a Jehová, andando en los estatutos de su padre David; solamente sacrificaba y quemaba incienso en los lugares altos. E iba el rey a Gabaón, porque aquel era el lugar alto principal, y sacrificaba allí; mil holocaustos sacrificaba Salomón sobre aquel altar. Y se le apareció Jehová a Salomón en Gabaón una noche en sueños, y le dijo Dios: Pide lo que quieras que yo te dé.” 1 Reyes 3.3-5

Este pasaje tiene tantos elementos que me gustaría mencionar, pero quiero limitarme a los que tienen que ver con el sentimiento de esta serie. Lo primero que quiero destacar es el amor de Salomón a Dios. Creo que Dios habla con todos, pero también creo que quienes aman a Dios están más sensibles a escuchar su voz.

Esto es como cuando alguien ama algo o a alguien: lo ve hasta en la sopa. Cuando amas a Dios, lo ves en todas partes y lo escuchas en todas partes; todo te lo recuerda.

Lo siguiente es que nuevamente vemos un cuadro clave de lo que mencioné en la introducción sobre la importancia de tener una imagen que recordar. En este caso, Salomón siguió los pasos de David; es decir, lo que le enseñaron le sirvió. Independientemente del alejamiento que después tuvo, es clave el modelo que su padre dejó en él.

También vemos su deseo de buscar el mejor lugar. No había templo, así que el mejor lugar para adorar era Gabaón. Esto nos habla de alguien que no solo quiere cumplir, no es alguien que busca el lugar más cómodo, el más cercano o el más económico, sino alguien que busca el mejor lugar. Y eso nos lleva al gran sacrificio que hizo: mil ofrendas. Eso es algo sorprendente en costo y en servicio.

Todos estos son elementos de alguien que está buscando a Dios y que, sin duda, lo va a encontrar.

Discúlpenme, pero creo que a veces los cristianos limitamos mucho nuestra dedicación a Dios. Nuestra devoción es más tradición que amor. Sí, es algo que heredamos de nuestros padres, pero no algo que necesariamente atesoramos. El cristiano muchas veces busca su comodidad, su estabilidad, lo que menos implique sacrificio, lo que menos le cueste, lo que sea más fácil. Y eso solo muestra lo frágil que puede llegar a ser la fe.

Pero cuando hay cristianos que aman a Dios, que han aprendido a entregarlo todo al Señor cueste lo que cueste y sea donde sea, esas personas que buscan sinceramente a Dios, sin duda terminan encontrándose con Él.

Y esto me lleva a decir algo más: Dios habla. Muchos en internet alardean diciendo “Dios me habló”, pero la realidad es que Dios habla a todos sus hijos. El problema es que algunos han mistificado esto, haciendo creer que solo ciertas personas tienen ese privilegio, cuando no es así. Dios habló con Salomón a través de una de las formas más comunes que todos tenemos: los sueños.

Por eso muchas veces creo que hace falta más enseñanza sobre los sueños. Eso le mostraría a muchos cristianos cómo Dios también les habla.

Dios habla, y este año quiero invitarlo a escuchar la voz de Dios sobre lo que Él tiene para usted.

La Biblia dice que a sus ovejas llama por su nombre y las saca. Esto nos enseña que Dios tiene palabras para un pueblo, pero también tiene palabras específicas y personales. Y yo quiero que usted aprenda a escuchar esa palabra específica.

Así que aquí viene la parte clave de la promesa de Dios: pensar qué es lo que espero para este año.

II. Claves para encontrar la promesa de Dios para tu vida

Cuando Dios le dice a Salomón: «Pídeme lo que quieras», pareciera que se trata de un genio concediendo deseos. Pero en realidad, esta expresión nos muestra varias cosas clave que Dios quería destacar en Salomón.

1. Alinea tu corazón con el de Dios

Dios quiere saber qué es lo que nos mueve. Si tuviéramos la oportunidad, ¿qué es lo que realmente hay en nuestro corazón? Dios no responde caprichos, responde corazones alineados. Esta palabra revela lo que hay dentro de nosotros.

2. Aprende a pedir

Algo que resulta interesante es que Dios espera que pidamos. De hecho, Él dijo que el que pide, recibe. Por raro que parezca, esta es una palabra para personas que han vivido limitadas, que sienten que no merecen, que han crecido pensando que pedir es una molestia. Pero Dios es bueno; Él no es como nosotros. Muchas veces Él está esperando que pidamos.

Esto, por supuesto, no tiene nada que ver con una mentalidad de prosperidad en la que se piden lujos o riquezas solo por gusto. Encontrar la promesa de Dios implica participación de tu parte: acercarte a hablar con Dios y pensar en lo que quieres. Piense en esto: Dios no quiere darte algo sin que tú sepas por qué lo necesitas.

3. Piensa responsablemente

Puede parecer sencillo que Dios te diga: «Pide», y que tengas la oportunidad de hacerlo. Pero detente y piénsalo: estás frente a Dios. Es como una entrevista importante, donde debes pensar muy bien qué vas a decir. Es una oportunidad única.

Si lo ves de manera egoísta, pensarías en algo banal. Pero si lo piensas bien, tienes delante la oportunidad de algo grande, realmente grande. El punto es que muchas oraciones nacen del deseo de disfrutar, y pocas buscan el propósito de Dios. La promesa siempre está conectada con lo que vas a cargar, no solo con lo que vas a disfrutar. Si lo que pides a Dios no sostiene un propósito, difícilmente es promesa.

4. Piensa en lo que no estás pidiendo

Tan importante como lo que pides es lo que decides no pedir. Dios destacó que Salomón no pidió poder, seguridad ni comodidad. La promesa de Dios suele revelarse en lo que el corazón aprende a soltar.

¿Alguna vez has orado dejando a un lado algo que tal vez deseas mucho, pero decides no pedirlo porque pones en primer lugar aquello que realmente crees que debes pedir? Lo que pides y lo que dejas de pedir demuestra tu madurez. Los niños piden juguetes; los adultos, herramientas. Lo que no pides demuestra que ciertos ídolos ya no te gobiernan.

Y esto nos lleva al último punto.

III.  La promesa aparece cuando el deseo sirve a otros

Y Salomón dijo: Tú hiciste gran misericordia a tu siervo David mi padre, porque él anduvo delante de ti en verdad, en justicia y con rectitud de corazón para contigo; y tú le has reservado esta tu gran misericordia, en que le diste hijo que se sentase en su trono, como sucede en este día. Ahora pues, Jehová Dios mío, tú me has puesto a mí tu siervo por rey en lugar de David mi padre; y yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir. Y tu siervo está en medio de tu pueblo al cual tú escogiste; un pueblo grande, que no se puede contar ni numerar por su multitud. Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande?  1 reyes 3.6-0

Tengo que avanzar rápido aquí, porque hay mucho que decir. Ya vimos lo que Dios dijo; ahora veamos lo que dijo Salomón, y hay muchísimo que aprender.


Lo que aprendemos de la oración de Salomón

1. Mira lo que Dios ya ha hecho

Esto me encanta:

«Tú hiciste gran misericordia a tu siervo David…»

Salomón no comienza pidiendo; comienza reconociendo lo que Dios ya hizo. Esto nos enseña que quien reconoce la fidelidad pasada de Dios ora con mayor claridad en el presente. Solo alguien que ha visto la mano de Dios antes sabe reconocer lo que Dios puede hacer ahora. Las promesas nuevas suelen nacer de una memoria correcta.

2. Entiende que todo es por gracia

«Tú le diste hijo que se sentase en su trono…»

Salomón no se atribuye el puesto ni cree que lo merece. No dice: «me tocaba», sino: «tú lo hiciste». Un corazón que reconoce la gracia de Dios entiende que todo lo que ha recibido viene de Él. No es suerte ni habilidad: es gracia.

3. Solo eres un siervo

Tres veces Salomón dice: «tu siervo». Esto es maravilloso. Antes de gobernar al pueblo, se humilla delante de Dios. Muchos viven creyendo que merecen cosas, cuando en realidad solo somos servidores de Dios.

4. Reconoce tus límites

«Yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir».

Esto es tener una visión clara de uno mismo. No exagera, no se deprime ni se justifica. Simplemente reconoce su realidad. Dios no busca líderes que aparenten saberlo todo, sino corazones que reconozcan sus límites. Un corazón que reconoce sus límites siempre dependerá de Dios.

5. Eres mayordomo

«Tu siervo está en medio de tu pueblo al cual tú escogiste…»

Salomón no dice «mi pueblo», sino «tu pueblo». Esto es mayordomía. La autoridad espiritual se ejerce sabiendo que lo que diriges no te pertenece, sino que Dios te lo ha encargado.

6. Reconoce tu dependencia de Dios

«Un pueblo grande, que no se puede contar…»

Salomón es visionario. Antes de pedir sabiduría, mide la responsabilidad. Sabe evaluar, medir y calcular, y reconoce que no puede ir más allá de lo que Dios le puede dar.

7. Pide capacidad

«Da… corazón entendido…»

Salomón no pide éxito; pide discernimiento. No pide algo temporal, sino algo duradero. Un milagro es temporal, pero una capacidad es permanente. Muchas veces deseamos cosas que resuelvan el momento, pero no cosas que perduren.

8. Reconoce que sin Dios es imposible

«¿Quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande?»

Salomón no está haciendo una pregunta retórica; está reconociendo: «Sin ti, nadie puede». No pidió sabiduría para brillar, sino para no fallarle a Dios ni al pueblo. Si algo necesitamos en este año, es caminar acompañados de Dios.

Tal vez Dios no está en silencio.
Tal vez lo que falta no es una palabra nueva, sino un corazón más atento.

Dios sigue hablando, no solo a los grandes nombres, no solo a los perfectos, no solo a los “espirituales”. Habla a los que lo buscan, a los que lo aman, a los que se atreven a detenerse y escuchar.

Quizá este año no necesitas correr más rápido, ni hacer más ruido, ni llenar más tu agenda. Quizá necesitas levantar un altar sencillo: un espacio, un tiempo, una memoria donde Dios pueda encontrarte.

Porque cuando el corazón se dispone, Dios encuentra la forma de hablar.
Y cuando Dios habla, una sola palabra puede cambiar el rumbo de todo un año… y de toda una vida.


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