LA CIENCIA DEL AMOR EN EL EDEN


LA CIENCIA DEL AMOR EN EL EDEN. 


 La Biblia no solo es un libro religioso, es un libro de historia bien respaldado por los estudiosos. Nos muestra el proceso de desarrollo del hombre con el paso del tiempo. Tal y como he hablado en esta serie, los personajes bíblicos no solo nos dan lecciones espirituales, sino también lecciones de comportamiento humano.


Desde sus orígenes, el hombre necesitó vivir en comunidad; para un hombre solo en la naturaleza la vida no era fácil, su destino era morir devorado o de hambre, es por eso que necesitó crear vínculos con la pareja y su tribu. Si alguien era rechazado, se activaban las alarmas de peligro en su vida; ese miedo está arraigado en nuestro ADN por eso nos duele el rechazo de los demás: cuando un niño es rechazado por sus amigos, cuando alguien es rechazado por su pareja,  internamente revivimos ese miedo, es como si nos enviaran a la naturaleza a perecer.


Con el paso del tiempo el  hombre ha experimentado el desarrollo y progreso, pero sigue teniendo los mismos conflictos internos desde sus orígenes.


Lo repito constantemente: una clave de la vida es entender por qué nos comportamos como lo hacemos y, del mismo modo, por qué lo hacen los demás.

Así que hoy hablaremos de la historia más primitiva de la Biblia: la historia de Adán y Eva. En esta historia encontraremos algunas verdades sobre el ser humano y sus relaciones sentimentales.



Ezer Kenegdo 


 Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.  Génesis 2.18


En el principio, la Biblia dice que Dios creó los cielos y la tierra. Y cada vez que Él hacía algo, decía: “es bueno”. Hizo la luz, y vio que era buena. Separó las aguas, y vio que era bueno. Formó la tierra, los árboles, los animales… y todo llevaba esa declaración divina: es bueno.


Pero llega un momento en el relato donde, por primera vez, Dios dice que algo no es bueno. Y eso nos pone a pensar. ¿Cómo es que en un mundo perfecto, sin pecado, sin caída, sin maldad… y aun así Dios declara: “No es bueno que el hombre esté solo”? (Génesis 2:18).

Adán tenía trabajo. Dios lo puso en el huerto para labrarlo y guardarlo. Tenía un propósito. Tenía responsabilidad. Tenía dominio sobre la creación. Podríamos decir que tenía éxito: autoridad, tarea, dirección. Caminaba con Dios. No era un hombre sin espiritualidad. No era un hombre sin ocupación. No era un hombre sin recursos.

Y sin embargo no era bueno que estuviera solo.


Eso nos enseña algo muy importante: el trabajo no llena el vacío. Labrar el huerto no sustituye la compañía. La religión por decirlo así, el caminar con Dios en el huerto, no sustituía la necesidad de conexión humana. El éxito y el dominio no llenaban ese espacio interno.

Puedes tener trabajo, dinero, logros, ministerio, reconocimiento… pero si no tienes con quién compartir la vida, vivirás en modo alerta. Puedes sobrevivir solo, sí. El ser humano puede sobrevivir. Pero no florece sin un vínculo seguro


Ahí aparece la respuesta de Dios: “Le haré ayuda idónea para él”. Y aquí vale la pena detenernos en la expresión hebrea: ezer kenegdo.

La palabra ezer no significa simplemente “ayudante” en el sentido débil de la palabra. De hecho, muchas veces en el Antiguo Testamento se usa para describir a Dios como nuestro ayudador. Es una ayuda fuerte, un auxilio que sostiene, que rescata, que fortalece. No es inferioridad; es soporte poderoso.


Y kenegdo significa “frente a él”, “correspondiente a él”, “a su misma medida”. Es alguien que está cara a cara, que le corresponde, que es su igual.


Entonces, cuando Dios dice “ezer kenegdo”, no está hablando de alguien que solo colabora en tareas domésticas o cumple un roll. Está hablando de alguien que complementa, que corresponde, que equilibra, que fortalece desde la cercanía. Alguien con quien se puede conectar profundamente.


Y luego viene ese detalle tan significativo que todos conocemos  la mujer es formada de la costilla del hombre. No de la cabeza, para dominarlo. No de los pies, para ser pisoteada. Sino del costado, para estar a la par. Cerca del corazón. En un lugar de protección mutua. 


No nos muestra solo el origen del matrimonio. Nos muestra el diseño de la conexión humana. El ser humano fue creado para tener  vínculos seguros. Para tener a alguien que regule su ansiedad, que estabilice su ánimo, que sea su punto de descanso emocional.

Adán tenía a Dios, tenía propósito, tenía entorno perfecto… pero necesitaba a alguien de su misma naturaleza con quien compartir la vida. Porque el plan de Dios no es solo producir, ni dominar, ni trabajar. Es vincularse.


Y eso sigue siendo verdad hoy. Podemos rodearnos de gente, hablar con muchos, tener seguidores, contactos, compañeros… pero no es lo mismo tener personas alrededor que tener un “kenegdo”, alguien frente a ti que te corresponde. No es lo mismo compañía que conexión.

Podemos sobrevivir solos. Pero no florecemos sin un vínculo seguro. 


Neuronas espejo 

Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; esta será llamada Varona,[a] porque del varón[b] fue tomada. Génesis 2.23

Hay un momento en la historia que es profundamente conmovedor. Dios crea a la mujer… y luego la trae ante Adán.

Imagínalo. Adán abre los ojos y ve, por primera vez, a alguien como él. No un animal. No una criatura distinta. No algo que él debía administrar o nombrar. Ve a alguien que le corresponde. Que le refleja. Que está a su nivel.

Podemos imaginar su expresión. El asombro. El alivio en el corazón. La sensación de decir: “Ahora sí”.
Y entonces pronuncia esas palabras que no son frías, no son técnicas, no son teológicas… son emocionales:
“Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne”.

Es como si dijera: “Es como yo. Es parte de mí. Me reconozco en ella”.

Y aquí sucede algo que hoy la neurociencia explica, pero que ya estaba implícito en el diseño de Dios: se activan las neuronas espejo.

Las neuronas espejo son esas células que nos permiten sentir lo que el otro siente. Cuando alguien sonríe, algo en nosotros quiere sonreír. Cuando alguien llora, algo en nosotros se entristece. Estamos diseñados para ser el reflejo del otro. 

Desde pequeños desarrollamos apego a través de eso. Si nuestros padres reían con nosotros, pues nuestras neuronas aprendían a asociar vínculo con seguridad. Pero si nuestros padres gritaban, lloraban sin explicación, o eran impredecibles, se desarrollaba un apego inseguro, porque el cerebro no entendía el dolor que causaba la persona que se suponia debia darle seguridad. 

Por eso los jóvenes buscan vestirse igual, hablar igual, actuar igual. No es superficialidad. Es un intento de sintonizar. De pertenecer a una tribu. De decir: “Soy parte. Estoy conectado”. No ser rechazado. 

El desafío viene cuando somos adultos. Porque el matrimonio o cualquier vínculo profundo no es solo convivencia; es una forma de regularnos.

Un hombre puede llegar estresado del trabajo. Y su estado emocional se refleja. Si su esposa está vulnerable y no puede sostener ese estrés, ambos se cargan. Pero si ella está fuerte, centrada, puede reflejar calma, puede transmitir seguridad, puede regular su estado emocional.  Y lo mismo al revés. Él puede llegar feliz y ella estar saturada. Aquí se pone a prueba la madurez emocional. Por eso abrazarnos no es solo una dinámica. Es una necesidad biológica y espiritual. Cuando uno está estresado y el otro lo abraza le está dando algo en que reflejarse, sus neuronas le dicen copia la calma del otro. El problema es cuando la persona no está acostumbrada a los abrazos. 

Cuando Adán dijo: “Hueso de mis huesos”, no estaba hablando solo de parecerse  físicamente. Estaba hablando de identificación profunda.

Y aquí está algo importante: la verdadera conexión no es solo tener los mismos gustos. No es solo que a los dos les guste la misma música o el mismo equipo. No es coincidencia superficial; es sintonía emocional. Es como cuando bostezamos porque alguien bosteza. 

Hay estudios han demostrado que un primate activa áreas similares de su cerebro cuando ve a otro tomar una banana como cuando la toma él mismo.  Porque estamos diseñados para reflejar. Eso es empatía.

Cuando alguien llora y tú sientes su dolor, es parte de nuestro diseño.  Cuando alguien celebra y tú te alegras, es conexión.

Y entonces la pregunta importante  en toda relación no es:  “¿Tenemos cosas en común?”

La verdadera pregunta es: ¿Puedes sentir mi dolor cuando te lo cuento?  ¿Puedes sentir mi alegría cuando celebro?

Ahí es donde podemos darnos cuenta  si estamos frente a un vínculo superficial… o frente a un verdadero “kenegdo”.

Y ahí es donde entendemos que el amor no es solo compañía.  Es sintonía.  Es regulación.  Es seguridad compartida.


Apagón emocional 


La primera pareja no solo nos muestra la necesidad del vínculo, sino que nos da una de las lecciones más importantes sobre la fragilidad del amor. Con la caída, aparece la primera crisis matrimonial de la historia, y en ella encontramos tres realidades que hoy seguimos viviendo:


Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.  Génesis 3.7


1. El primer conflicto es esconderse 


Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Génesis 3.8


Cuando Adán y Eva fallaron, su primera reacción fue esconderse. El conflicto en las relaciones muchas veces se parece a un baile: ella da un paso hacia él y él da un paso hacia atrás. Esto sucede cuando uno busca al otro y el otro se retrae. Se da con frecuencia de la mujer hacia el hombre, y en menos ocasiones pero si se da del hombre hacia la mujer. 


Un ejemplo común es cuando ella expresa su incomodidad por alguna actitud de él; él interpreta esto como una queja o un juicio a su capacidad. Él quiere ofrecer soluciones, pero como sus soluciones no parecen servir, se frustra, se siente insuficiente y decide esconderse en el silencio. Él cree que ella lo está juzgando; ella cree que él no le da importancia. Lo que no ven es el miedo oculto: Detrás del reclamo de ella hay un miedo aterrador a no ser importante para él; detrás del silencio de él, hay un miedo profundo a fracasar y no ser el hombre que ella necesita. Ambos creen hacer lo correcto, pero sin saberlo, se han vuelto prisioneros de un "baile" que los separa.


2. La búsqueda de culpables

Cuando el hombre y la mujer se encontraron ante la crisis, comenzaron a buscar culpables. Culpar es un mecanismo de autoprotección. El problema es que la búsqueda de culpables daña la raíz de la relación, porque la persona que debe ser nuestro "lugar seguro" se convierte ahora en nuestra "amenaza". Se pierde la seguridad que el diseño del costado debía proporcionar.

Nadie debería llegar a su casa con miedo a la reacción de su pareja. En las discusiones, nos obsesionamos con quién comenzó o quién tiene la razón, pero es un juego que no termina y solo causa daño. Debemos ser conscientes de que el enemigo no es la otra persona, sino el ciclo de ataque y defensa en el que han caído. Al señalar con el dedo, olvidamos que fuimos diseñados para cubrir el costado del otro, no para herirlo.


3. La salida del lugar seguro 

Lo anterior lleva a este escenario cuando parece no haber salida. Algunos ven los conflictos como una mala señal, pero aunque parezca raro, los gritos de una discusión a veces son señales de que la relación no quiere morir; son llamadas de atención desesperadas para restablecer el vínculo. Es una forma de decir: "Quiero ver si aún te interesa rescatarnos".

Sin embargo, cuando esa etapa no se resuelve con vulnerabilidad, llega la etapa más peligrosa: La salida de la relación. Es el silencio absoluto donde ambos dejan de luchar. Aquí, quien reclamaba se rinde y se retrae también. Al parecer, la falta de peleas podría ser buena señal, pero en realidad es que ya no existe interés suficiente como para arriesgarse a ser heridos otra vez. Se quitan las "hojas de higuera" pero no para ser honestos, sino porque ya no les importa que el otro vea su dolor. No es falta de necesidad de vínculo, es el temor paralizante a que se repita la mala experiencia. Han salido del Edén emocional y han cerrado la puerta.


Finalmente Dios no los dejó con sus hojas de higuera ( o sea sus excusas y sus culpas). Él hizo algo que costó sangre para darles una cobertura real. La solución para nosotros hoy es la misma.

Para volver a conectar, necesitamos dejar de usar las "hojas de higuera" de la crítica y el silencio. Necesitamos tener la valentía de decirle al otro: "Tengo miedo, me siento solo, te necesito". Eso es quitarse la armadura. Eso es permitir que el otro vuelva a ser nuestro Ezer Kenegdo.

¿Qué puedes hacer hoy? No puedes esperar que otra persona cambie. Rompe el ciclo tú. Si hay reclamos, no te escondas; di lo que te duele no saber cómo hacer las cosas bien. Si alguien  calla, no grites; di que extrañas su compañía.

Fuimos diseñados para el vínculo. Fuimos creados para ser el refugio del otro. El pecado nos enseñó a escondernos, pero el diseño original de Diosy la ciencia que lo respalda—nos dice que nuestra mayor fortaleza no está en ser independientes, sino en ser vulnerablemente unidos.

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