Desde el vientre hasta el final
DESDE EL VIENTRE Y HASTA EL FINAL
Vivimos en un tiempo en el que hablar de las nuevas generaciones se ha vuelto casi una costumbre llena de críticas; escuchamos cosas como: “Los niños de ahora ya no son como antes” o “Cada generación se pone peor”, y es gracioso, porque hay que recordar que nosotros somos quienes los estamos criando.
Y sí, los niños y adolescentes están creciendo en un mundo demasiado acelerado, con cualquier tipo de información (buena o mala) a su alcance; están despertando mucho más rápido y cuestionando muchas cosas, y a veces ni siquiera sabemos qué contestarles. Muchos niños ya no solo juegan, también piensan, cuestionan y cargan con dudas profundas. Sabemos que todos, en algún momento, tenemos crisis existenciales acerca de cuál es nuestro propósito en el mundo, y eso es completamente normal. Pero, desafortunadamente, desde muy pequeños empiezan esas dudas y, sobre todo, no solo es el pensamiento de “¿Por qué estoy en este mundo?”, sino que viene acompañado de un sentimiento de angustia, desesperación y soledad, y ahora, desde más pequeños, pueden incluso pensar: “¿Qué sentido tiene mi vida?”.
Somos humanos y es completamente normal preguntarnos estas cosas; incluso es normal desanimarnos un poco. Pero te tengo una buena noticia: si eres un joven, puedo decirte que tu tiempo apenas está iniciando; y si eres un adulto, tu tiempo todavía no termina. Todos somos niños pensados por Dios.
1. Somos sus niños
“Yo había determinado tu futuro desde que te estabas formando en el vientre de tu madre; antes que nacieras te escogí y te consagré como vocero mío ante el mundo” (Jeremías 1:5).
“El Señor me llamó antes de que yo naciera, en el vientre de mi madre pronunció mi nombre” (Isaías 49:1).
Estos pasajes son hermosos; nos hablan de cómo Dios, desde antes de que llegáramos al mundo, nos escogió y consagró. Sin duda, hablan de lo especiales e importantes que somos para Él.
Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes.
A veces olvidamos que todos fuimos pequeños. Existe un dicho: “Los árboles más grandes soportaron ser los más pequeños”. Hay un personaje en la Biblia del que conocemos su historia desde que era pequeño: Moisés. Su propia madre sabía que él era especial: “Viéndole que era un niño hermoso, le tuvo escondido tres meses” (Éxodo 2:2).
No solo Moisés bebé era hermoso, había algo más en él, solo que aún no lo sabían. Aun con todo su madre tuvo que dejar una parte de ella en la cesta, con tantos peligros a su alrededor, se vio la mano de Dios desde el principio; lo cuidó y llegó a salvo a donde se encontraba la princesa:
“La hija de Faraón descendió a lavarse al río... abrió la arquilla y vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y tuvo compasión de él” (Éxodo 2:5–6).
Otra manera en la que podemos apreciar cómo, de una u otra manera, ese bebé ya estaba siendo protegido. ¿Qué hubiera pasado si no hubiera tenido compasión de él? ¿Si lo hubiera echado al río de regreso? Pero no fue así, porque Moisés tenía un gran propósito: liberar al pueblo de Egipto. Pero, para que esto sucediera, pasaron muchos años. Moisés creció sin saber lo que le esperaba y, cuando Dios lo llamó para ir y hablar con el Faraón, vemos muchos versículos donde observamos a un Moisés que no se sentía capaz ni preparado para tal acción:
“¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?” (Éxodo 3:11).
Una gigantesca responsabilidad cayó en Moisés. En lo personal, creo que todos podemos identificarnos con él; un personaje tan humano que no sabía cómo lidiar con el propósito para el que había nacido. Había más para Moisés; no iba a ser solo otro príncipe más en Egipto, ni un esclavo, ni una persona sin propósito que había huido de todo lo que conocía. ¡NO!, Moisés era mucho más que eso. A veces toma tiempo darnos cuenta de que hay más para nosotros, y sí, es difícil el camino y a veces podemos llegar a decir cosas como Moisés:
“¡Ay, Señor! Te ruego que envíes a cualquier otra persona” (Éxodo 4:13).
“TE RUEGO QUE ENVÍES A CUALQUIER OTRA PERSONA”, rogaba Moisés. Pero Dios no quería a cualquier otra persona; quería a Moisés. A veces nos da miedo pasar por cosas difíciles para cumplir el plan que Dios tiene para nosotros, pero como Dios le dijo a Moisés:
“Yo estaré contigo” (Éxodo 3:12);
“Yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar” (Éxodo 4:12).
Sabemos que al final Moisés logró liberar al pueblo hebreo de Egipto, pero ahí no termina. Les tomó 40 años caminando en el desierto hasta llegar a la tierra prometida. ¿Cuántos no se quedaron en el camino, por cansancio o por la edad? Pero aun así, supongo que para muchos padres y abuelos de ahí que se quedaron, era suficiente con saber que sus hijos, nietos y bisnietos serían quienes algún día verían la tierra prometida. “ELLOS CAMINARON PARA QUE SUS NIÑOS PUDIERAN CORRER”.
¡Qué maravilloso es! Tal vez piensas: “¿Pero qué chiste tiene? Ellos no vieron la tierra prometida”. No, pero vieron a su pueblo libre; ya no habría ataduras; sus hijos, nietos y generaciones ya no volverían a ser esclavos. Eran libres y ellos los condujeron en ese camino. Podemos llegar a pensar: “Bueno, que los jóvenes se las arreglen” o “Pues ya no tengo nada más que hacer”; déjame decirte que el tiempo aún no se ha acabado, hay más por hacer, con algo tan simple pero poderoso como ser quien dirija a la nueva generación a la tierra prometida, y a la que sigue, y a la que sigue. Aun hay más por hacer; que Moisés abriera el mar y el pueblo fuera libre, era apenas el comienzo.
CUANDO EL PROPOSITO DUELE, EL AMOR SOSTIENE
A veces, aceptar el propósito de Dios es incómodo y difícil. Puede requerir sacrificios que no entendemos y cargar cruces que nos agotan, como Moisés cargó con la responsabilidad de un pueblo entero. Quizás te preguntes: ¿Por qué Dios nos pide algo tan pesado? La respuesta no está en la carga, sino en Quién nos sostenemos mientras la llevamos.
Pasando a otra historia, la de otro niño a quien conocemos desde antes de que naciera, que creció y cumplió el propósito más importante en la historia del mundo: JESÚS. Nadie mejor que Él para terminar de hablar acerca de cómo es cumplir con el plan de Dios. Y es que, qué difícil es; no puedo pensar en algo más doloroso que lo que tuvo que atravesar Jesús. Aun siendo el Hijo de Dios, debía cumplir el llamado que tenía; aun con miedo, aun con tristeza en su corazón, logró algo maravilloso: morir en la cruz por todos nosotros.
Jesús mismo dijo:
«Mi alma está destrozada de tanta tristeza, hasta el punto de la muerte. Quédense aquí y velen conmigo». — Mateo 26:38 (NTV)
Si Jesús mismo, el Salvador del mundo y la persona más valiente que pudo pisar esta tierra, SINTIÓ MIEDO —tanto que quería morir—, ¿se imaginan la tristeza que vivía Jesús constantemente? Poco pensamos en esos detalles de la humanidad de Jesús (como se habló en una de nuestras series anteriores). Cumplir el propósito conlleva retos de diferentes tipos, pero si el Salvador del mundo presentó esa humanidad, ¿por qué nosotros nos sorprendemos y nos limitamos al sentir emociones? Cuando sentimos que no podemos, si el mismo Jesús sintió lo mismo y atravesó el mayor sacrificio del mundo, la diferencia es que Él se refugió en la oración. Y aunque el propósito le costó la vida, su recompensa fue darnos libertad, A TODOS NOSOTROS; pero lo hizo por amor, no por obligación.
Y así mismo, como el Padre estuvo con Jesús en cada paso, desde pequeño...
“Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.” — Lucas 2:40
Lo cuidó desde mucho antes, desde el vientre de su madre cuando el rey mandó a matar a los niños. Dios nunca lo soltó, aun cuando Jesús creía que había sido así:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” — Mateo 27:46
¿Cuántas veces no hemos dicho esas mismas palabras? Pero aun así, Dios está con nosotros. Dios estuvo con Jesús desde el principio y aun cuando llevaba cargando su cruz. Hay una escena que me apachurra el corazón en la película “La Pasión de Cristo”: cuando Jesús va cargando su cruz y se tropieza, María lo ve y lo recuerda a él cuando era un niño, porque era su hijo. Me gusta pensar que así mismo nos ve Dios; no importa cuántas veces caigamos, Dios está ahí para nosotros y nos abraza como a sus niños pequeños. Todos los padres tienen el deseo de ver a sus hijos cumpliendo sus sueños y logrando muchas cosas; así mismo nuestro Padre nos pide que sigamos siendo como niños, con motivación, energía, esperanza y fe:
“y dijo: —De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” — Mateo 18:3
Así como los niños corren a sus padres cuando tienen miedo y enfrentan retos difíciles, así mismo debemos acercarnos a nuestro Padre Dios. Cuando aceptamos que somos sus niños, la carga se vuelve más ligera; recuerda que Dios siempre renovará nuestras energías. Así que, si eres joven, puedo decir que nuestro tiempo apenas comienza y Dios todavía tiene muchos planes para nosotros; y si eres adulto, el tiempo aún no termina, todavía necesitamos corazones dispuestos para guiar a la siguiente generación. La tierra prometida está más cerca de lo que creemos.
¿Qué es lo que te impide caminar sobre las aguas?







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