Volviendo a la esencia de la adoración

 
Volviendo a la esencia de la adoración

Creo que uno de los grandes problemas de la iglesia es el formalismo vacío que muchas veces ha desarrollado, lo que ha hecho que pierda su esencia. Las personas tienden a aferrarse a los moldes, a los rituales, pero sobre todo, como digo, a ese formalismo vacío en el que muchas veces importa más el cómo que el por qué.

Dios muchas veces le dio medios de gracia a su pueblo, como lugares, objetos y prácticas, pero cuando la gente se enfocó más en la apariencia que en la esencia, la adoración perdió su significado y se volvió un formalismo vacío. Por ejemplo, el arca del pacto representaba la gloria de Dios, pero después querían que el arca hiciera todo, y al final la perdieron. Dios les dio la serpiente de bronce para sanarlos cuando las serpientes los mordían, pero después la guardaron y la adoraron. Hicieron un templo y luego lo convirtieron en cueva de ladrones por su tradición. Se les indicó guardar el sábado, pero después llevaron esa práctica al extremo. Se instituyeron los sacrificios, pero luego los hicieron una regla sin cambio real ni arrepentimiento del corazón.

En todas estas formas, las personas terminaban perdiendo la esencia de lo que Dios les había pedido y se quedaban solo con la práctica. Algo muy similar sucede con la adoración, y esa es una de las razones por las que las personas, principalmente las legalistas, chocaban con el ministerio de Jesús, tal como lo veremos en el tema de hoy, en el que aprenderemos algunos aspectos importantes sobre la adoración.

Uno de los fariseos invitó a Jesús a comer, así que fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. (Lucas 7:36)

La adoración genuina está libre de formalismos

Ahora bien, vivía en aquel pueblo una mujer que tenía fama de pecadora. Cuando ella se enteró de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume.

"Llorando, se arrojó a los pies de Jesús, de manera que se los bañaba en lágrimas. Luego se los secó con los cabellos; también se los besaba y se los ungía con el perfume." (Lucas 7:37-38)

Hay algo notable en la persona de Jesús, y es su trato hacia la mujer, no solo a esta mujer en particular, sino a la mujer en general. En un tiempo en el que la mujer tenía muy poco valor, Jesús siempre realzó su papel. De tal manera que esta mujer nos da una lección de cómo es la adoración genuina y a dónde debemos volver.

Lo primero que noto es una adoración sincera desde el corazón. No está siguiendo un modelo; simplemente se mueve a hacer lo que siente en su corazón, y eso es lo que le agrada a Dios: lo auténtico, lo nacido del corazón, lo espontáneo. No está pensando en apariencias externas ni en qué pensarán los demás de ella. Muchas veces, como iglesia, establecemos formalismos y reglas que hacen que nuestra expresión de adoración sea limitada.

Por supuesto, esto no significa que la iglesia se vuelva un desorden sin sentido, porque estamos hablando de una acción del corazón enfocada en Jesús, y no de una acción nacida de la emoción y la superficialidad.

Además, la mujer expresa una adoración personal; no está siendo influenciada, ella solo responde al sentir de su corazón. Muchas veces, la iglesia necesita que haya animadores, que el director de alabanza haga su trabajo dirigiendo el momento, pero esta mujer nos muestra que la adoración no necesita ser motivada: debe nacer del corazón, que necesita adorar a Dios y lo desea. No necesita una canción en particular que le guste; el corazón expresa su amor a Dios aunque no conozca la letra de la alabanza.

Ella lleva su adoración aún más allá, porque además de adorar al Señor, le ofrece su perfume, que venía en un frasco de alabastro. Esto era muy costoso, posiblemente la posesión más valiosa que tenía esta mujer. Tanto el perfume como el frasco de alabastro eran artículos caros en aquel tiempo. Así que la adoración no tiene barreras ni formas externas para expresarla. Cuando alguien quiere adorar a Dios, lo hará con lo que tenga.

La adoración auténtica no se limita por prejuicios ni juicios externos

"Al ver esto, el fariseo que lo había invitado dijo para sí: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la que lo está tocando y qué clase de mujer es: una pecadora»." (Lucas 7:39)

Simón, por otro lado, nos muestra ese formalismo vacío, ese plan de seguir reglas y normas aunque estas nos hagan perder la verdadera esencia de nuestra fe. Hoy la iglesia enfrenta una crisis en la forma en que se hace iglesia en diferentes lugares. A veces, en el intento de que todas las iglesias encajen en ciertos moldes, no se dan cuenta de que están perdiendo la verdadera esencia de la fe y la adoración.

Simón representa al creyente prejuicioso, que no tiene conocimiento de algo pero ya tiene una opinión negativa al respecto. Una persona prejuiciosa generaliza, es inflexible, supone y se basa en estereotipos. Así actúan muchos: juzgan a la ligera. Basta con ver a algunas personas sin conocerlas, o escuchar algún ritmo de música para condenarlo, sin tomarse el tiempo de reflexionar o empatizar.

A Simón le falta empatía y amor por el prójimo. Bien dijo el apóstol Pablo: "Aunque tuviese los dones, si no tengo amor, de nada me sirve". Qué fácil es hoy juzgar inmediatamente, escribir una opinión sobre alguien sin conocerlo, sin saber sus luchas o su corazón, solo por el hecho de que hace algo que a mí no me gusta.

Simón se olvidó de lo que Dios dijo de David: "Dios no mira la apariencia, sino el corazón". Por supuesto, esto no es motivo para el libertinaje, sino que nos enfocamos principalmente en la actitud legalista que destruye la salud de la iglesia. La apariencia de alguien no debe ser motivo para condenarlo o rechazarlo. De hecho, fue Jesús quien abrazó y amó a todos aquellos que de alguna forma los demás menospreciaron: un leproso, una mujer adúltera, un cobrador de impuestos. Sanó al siervo del centurión, a la hija de la sirofenicia. Jesús veía más allá de las apariencias de las personas.

Y, sobre todo, Simón tenía un concepto demasiado alto de sí mismo. La mujer es clasificada como pecadora, pero ¿quién no ha pecado? Y esto es lo que muchas veces me pregunto sobre la gente que juzga a la ligera: ¿son perfectos? ¿Pueden tirar la primera piedra sin pensarlo? Hay personas inmisericordes, que no dan tregua ni se ponen en el lugar de los demás.

La adoración profunda surge de un corazón que ama mucho

Jesús le cuenta a Simón una especie de parábola en la que lo confronta y le muestra su mala actitud. Después le dice:

"Luego se volvió hacia la mujer y dijo a Simón:

—¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me diste agua para los pies, pero ella me ha bañado los pies en lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú no me besaste, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con aceite, pero ella me ungió los pies con perfume. Por esto te digo: si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados. Pero a quien poco se le perdona, poco ama." (Lucas 7:44-47)

¿Cuánto amor de Dios nos estamos perdiendo en nuestros prejuicios y sentimientos legalistas que solo crean división y conflicto? Oro para que el Espíritu Santo sople en la vida de aquellos que tienen conflictos con las formas de sus hermanos y aprendan a ser más empáticos y a manifestar el mucho amor que tienen de parte de Dios, porque saben que Dios les ha perdonado mucho y, por lo tanto, mucho aman.

Esto nos enseña algunas verdades importantes, y es preguntarnos: ¿cómo está nuestro nivel de humildad?

El problema es que las personas llaman humilde a lo que no necesariamente es humildad, y esto sucede porque, nuevamente, tenemos prejuicios. Sin embargo, hay preguntas que pueden aterrizarnos un poco sobre nuestra actitud hacia los demás y tal vez hacernos ver que no somos tan humildes como creemos.

Pregúntese:
¿Me considero superior a los demás? Tal vez cree tener más experiencia, conocimientos o recursos que los demás.
¿Reconozco los logros de los demás con sinceridad? Puede ser que, en algún momento, sienta envidia o critique el logro de otro, atribuyéndolo a la suerte y quitándole mérito a la persona.
¿Estoy dispuesto a aprender de los demás? A lo mejor minimiza el consejo de alguien porque no lo considera lo suficientemente sabio.

El problema de Simón no era solo su prejuicio contra la mujer, sino su incapacidad de verse a sí mismo con honestidad. Su orgullo le impedía reconocer su propia necesidad del perdón de Dios.

Y esa es la realidad de muchos: estamos tan acostumbrados a mirar la paja en el ojo ajeno que no podemos ver la viga en el nuestro.

Muy diferente fue el caso de la mujer, quien con humildad se acercó a Jesús reconociendo su pecado y su dependencia de la gracia divina. Simón, en cambio, se mantenía distante, convencido de su propia rectitud.

Esto es lo que marca la diferencia entre unos y otros: no qué tantas normas cumplen ni qué formas practican para agradar a Dios, sino quién reconoce cuánto ha sido perdonado.

Quien reconoce su gran necesidad de perdón, responde con un amor más profundo y sincero hacia Dios y, por lo mismo, hacia los demás. La mujer experimentó este amor porque sabía cuán necesitada estaba de misericordia, mientras que Simón, al no verse necesitado, no podía experimentar ese amor en la misma medida.

¿Cuánto amor de Dios nos estamos perdiendo en nuestros prejuicios y sentimientos legalistas que solo crean división y conflicto?

Oro para que el Espíritu Santo sople en la vida de aquellos que tienen conflictos con las formas de sus hermanos y que aprendan a ser más empáticos, manifestando el mucho amor que han recibido de Dios. Porque quien ha sido perdonado mucho, mucho ama.

Hoy es necesario buscar la esencia de la adoración, encontrar nuestro lugar en la presencia de Dios y dejar que otros también puedan experimentarlo, sin ponerles barreras innecesarias.

Por encima de normas y apariencias, hay un lugar donde todo se vuelve claro: la presencia de Dios. Es ahí donde el orgullo se disuelve, donde las etiquetas dejan de importar y donde solo queda el alma sincera, reconociendo su necesidad de gracia.

Volver a la esencia es despojarnos de lo que nos separa de Él y de los demás. Es rendir el corazón sin reservas, amarlo sin condiciones y dejar que Su amor transforme lo que somos. No se trata de quién ha hecho más o quién parece tener la razón, sino de quién se acerca con un espíritu humilde, con la disposición de ser llenado, restaurado y abrazado por Dios.

Que nada nos robe esa experiencia. Que ninguna barrera impuesta por el prejuicio, la costumbre o el orgullo nos aleje del lugar donde el amor de Dios nos espera, profundo e inagotable. Volvamos a la esencia. Volvamos a Él.

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